¿Construir escuelas o construir cárceles? ¿Qué beneficia más a la sociedad?

Desde que inicié mi vida universitaria en la carrera de abogacía, esta pregunta ha sido una constante, la escuché durante las clases de derecho público y privado. Algunos años después esta pregunta se trasladó a los escenarios de la política educativa durante la cursada de la maestría y no se agota, la encuentro nuevamente durante el desarrollo de mi investigación sobre violencia escolar. 

Concretamente, en el ámbito del litigio se espera a que surja un conflicto para resolverlo, el quebrantamiento a la ley y el daño a los bienes materiales e inmateriales protegidos por esta, para poner en marcha un aparato de justicia que encuentre al culpable y lo sancione. Desde este mismo ámbito jurídico, se espera que la educación sea una herramienta para corregir desviaciones en el comportamiento de los individuos y se los instruya para reinsertarse en la sociedad como ciudadanos respetuosos de la convivencia y el orden social.

Enfocándonos en la economía de la educación, las tres lecturas que guían este ensayo presentan el mismo debate, ¿la escuela o la cárcel?,¿cuál tiene más impacto y mejores beneficios para la sociedad? En líneas generales proponen que el acceso a educación impacta en la disminución de los niveles de criminalidad, debido a que los estudiantes logran diseñar un proyecto de vida y conocen las consecuencias que un delito traería; además para el caso de los adolescentes, durante el tiempo que ellos pasan en la escuela no están cometiendo ilícitos y disminuye el nivel de criminalidad. 

Groot & Van Den Brink (2010) afirman que la educación constituye un elemento primordial para evitar que los individuos se involucren en comportamientos criminales; la probabilidad de que se cometan delitos como vandalismo, asalto, robos y amenazas disminuye con más años de educación. También Machin, Marie, & Suncica, (2011) analizan el efecto de disminución de la criminalidad que tiene la educación, su estudio indaga el potencial de las inversiones en recursos y políticas públicas para para la prevención del crimen. Estos últimos reflexionan sobre la satisfacción a corto y a largo plazo relacionadas con el cometimiento de delitos. Esto significa que, si deseas un beneficio material o económico inmediato, no esperas a terminar tus estudios y conseguir un trabajo para proveerte de ese bien, sino que acudes por la vía ilícita. Por el contrario, si es que esperas, si trabajas y asimilas las recompensas de la satisfacción a largo plazo, tienes más cuidado en cumplir las normas y en obtener bienes materiales e inmateriales por la vía legal, justa.

Según el enfoque de capital humano, los crímenes que requieren de pocas destrezas o preparación tienen una correlación negativa con la actividad delictiva de los adultos. Esto quiere decir que, no es que a cierta edad se disminuye la participación en actividades delictivas, sino que existen ciertas conductas criminales asociadas a la adultez, estos son los llamados delitos de cuello blanco. El documento titulado “Educación, Trabajo y Crimen: Un Enfoque del Capital Humano” de autoría de Lance Lochner (2004), contiene la premisa de que los crímenes de cuello blanco incrementan con la edad y el acceso a la educación; a pesar de que se espera que los individuos con un mayor nivel de formación y de mayor edad no cometan delitos; existe una correlación positiva entre educación y fraude tributario, es decir que, a mayor nivel de estudios de una persona, mayor probabilidad tendrá esta de cometer fraude tributario. El gran aporte de la teoría del capital humano de Lochner es que los efectos de la educación en la disminución o aumento de la criminalidad dependen del bien jurídico protegido y del nivel de formación del victimario. 

Retomando el análisis de Machin, Marie, & Suncica, (2011) la educación reduce los delitos de propiedad, por lo tanto, las mejoras en educación generan externalidades positivas. Invertir en la educación de quienes han delinquido y quienes están en riesgo de delinquir, debe ser considerado como una intervención clave a nivel de política pública para combatir el crimen. No obstante, las políticas preventivas del tipo “a mayor oferta educativa, menor actividad delictiva” encuentran su límite en las decisiones que toman los individuos para invertir, trabajar o cometer otros crímenes en el caso de los reincidentes.

El delincuente de cuello blanco calcula el retorno que recibe a partir de la actividad delictiva, su formación académica y las destrezas desarrolladas a partir de la educación y la experiencia laboral, le permiten proyectar un ingreso extra al realizar actividades ilícitas. Un criminal sin el mismo grado de formación no puede hacer el mismo tipo de proyecciones, sus motivos son distintos. Obtener un diploma no garantiza que el ejercicio profesional de quien lo obtuvo sea ético y transparente. Por un lado, está la posibilidad de obtener un título de forma fraudulenta, en un sistema altamente corrupto o con controles blandos y políticas de educación superior ineficientes. Por otro lado, se encuentran la necesidad económica y las ofertas de empleo, las aspiraciones sociales y salariales no siempre encuentran cabida en el mercado laboral de lo lícito. 

En el caso de los delitos informáticos, el fraude y las estafas se requiere un conocimiento específico, el desarrollo de habilidades y conocimientos, que implican más que leer y escribir; en esta misma línea otros delitos que requieren de niveles de educación superior serían el plagio y el abuso de autoridad. 

Los delitos de cuello blanco corresponden a un contexto socio económico alto, consisten en el desvío de grandes cantidades de dinero procurando un beneficio privado a través de la gestión de bienes e intereses públicos. Esto se correlaciona con la alta posibilidad de acceder a cuotas de poder legítimas (ya sea por elección popular o designación de una autoridad competente en respuesta a favores políticos – y muchas veces personales- para cargos de libre nombramiento y remoción) que tienen las personas con un mayor nivel de formación académica.

Ninguno de los documentos analiza a la disciplina escolar ni los programas de educación socio emocional como una variable del impacto de la educación en los niveles de criminalidad; considero que es una debilidad de los papers consultados ya que han demostrado que acceder, permanecer y egresar del sistema educativo tiene beneficios mas no garantiza un comportamiento ético y apegado a la ley. Aquello que ocurre dentro de la escuela sí importa, por lo tanto, la economía de la educación debe considerar entre sus variables a la cultura escolar, el currículo, la relación con los docentes, la figura de autoridad pedagógica y cómo son resueltos los problemas de convivencia escolar. 

Si bien desde el punto de vista punitivo no se podría prescindir de las cárceles para la prevención del crimen, tampoco puede prescindirse de la inversión en educación – no solo la construcción de escuelas- ya que esta traerá más beneficios a la sociedad. Una sólida formación en valores y habilidades sociales en consonancia con sistemas disciplinarios que procuren retener en las instituciones educativas a los estudiantes tendrán efectos negativos en criminalidad.

Paradójicamente la cárcel atraviesa dos decisiones cruciales en mi vida, la primera cuando elegí estudiar la carrera de derecho y la segunda cuando elegí formarme y desempeñarme profesionalmente en el ámbito educativo, en lugar de ejercer la abogacía. Hasta el día de hoy recuerdo a Pedro y su sonrisa, un chico que conocí en el “Virgilio Guerrero” un centro de detención para menores de edad en Quito. Cuando yo cursaba el penúltimo año del secundario visitamos con mis compañeros a los chicos que se encontraban en el programa de rehabilitación por consumo de drogas, muchos de ellos habían delinquido, asaltado a personas en la calle y realizado hurtos menores. Teníamos la misma edad, pero veníamos de un contexto tan diferente. Recuerdo a Pedro sonriendo mientras hacía pan y nos contaba que al cumplir su condena y la mayoría de edad él pensaba buscar un trabajo honrado, tener una carrera técnica y no volver a ser un “lancero”. 

Desde mi adolescencia entendí el estrecho vínculo que existe entre criminalidad y educación, comprendí que la escuela beneficia más a la sociedad, que el conocer tus derechos y obligaciones, así como los derechos de los demás tiene un impacto profundo en la convivencia social, garantizando derechos, protegiendo bienes y previniendo delitos.

Bibliografía

 

Groot, W., & Van den Brink, H.M. (2010). The Effects of Education on Crime. Applied Economics, 42, 279-289.

Lochner, L. (2004, August). Education, Work, and Crime: A Human Capital Approach. International Economic Review, 45(3), 811-843.

Machin, S., Marie, O., & Suncica, V. (2011, May). The Crime Reducing Effect of Education. The Economic Journal, 121, 463-484

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Mermelada de Cereza

A propósito del Día Internacional de la Niña, celebrado el 11 de Octubre , entre mis reflexiones y opiniones varias sobre la protección de la niñez y la violencia, recordé una situación que me impactó, que “me hizo ruido”, algo a lo que en mi infancia no me parecía mal, pues debo admitir que lo jugué como cualquier otra niña, sin embargo ahora (a esta edad casi adulta) en un momento de silencio, en un momento de vigilancia durante una excursión escolar el año pasado mientras trabajaba como docente, escuché a dos niñas de ocho años que cantaban y jugaban con sus manos, ingenuas e inocentes, muy entretenidas, repetían sin parar esta canción:

“Mermelada de cereza,
me invitaron a una fiesta,
un chico me beso*,
yo le dije descarado,
el me dijo mal hablada.
yo le dije a mis padres 
y mis padres me pegaron,
yo le dije a mis tíos  
y mis tíos me dijeron
que cantara esta canción:
alabi alabau alabim bom bao.
El beso fue aqui**”

*En otra versión, cambia la frase me besó por me pegó
** Se señala la mejilla izquierda, los labios, la mejilla derecha, hasta terminar la canción.

Mientras ellas cantaban, yo estaba entre la perplejidad y la catarsis,  intentaba entender lo que pasaba, para mi era claro el mensaje de violencia, y la reprimenda a una denuncia de violencia hacia una niña. Para ellas, era solo un juego, lo repetían sin parar, se divertían más si cantaban más rápido y no se equivocaban al jugar chocando sus manos.

El caso de la canción, en la vida real puede ser el drama de muchas niñas, o de muchos niños, que han sido maltratados, acosados por sus pares, revictimizados por sus padres y/o por sus maestros u otros adultos. Es un juego, tal vez solo un juego, el cual se presta para diversos tipos de análisis teórico científicos que yo no pretendo hacer en este post; mi intención es reflexionar, es abrir los ojos, tal vez cerrarlos para escuchar a profundidad y pensar en donde debemos intervenir y transformar nuestras costumbres para vivir mejor, para el buen vivir, para encontrar paz.

Ayer me desperté y en las noticias en vivo informaban el hallazgo de tres mujeres asesinadas en el Gran Buenos Aires; Malala, la niña víctima de un talibán que se convirtió en la imagen – vocera de la campaña de Educación para Todos de la UNESCO estaba candidata para recibir el premio Nobel de la Paz; mientras que en Ecuador se debatía la penalización al aborto por violación en la Asamblea Nacional.

A lo largo de este año han existido muchos casos de desapariciones y muertes hasta el extremo de las violaciones masivas en la India, historias de mujeres que nos han estremecido, no por lo que llegaron a ser, si no por como terminó su existencia en este mundo. Curiosamente en el mismo espacio donde informan estas tragedias, en espacios de farándula, entretenimiento y/o publicidad se muestran a mujeres adultas, voluptuosas, en situaciones eróticas vestidas como niñas, como estudiantes con uniforme de colegio, con títulos de “la colegiala sexy” u otros.

Entonces retomo la “mermelada de cereza”, si las niñas siguen cantando una y otra vez este tipo de “juegos infantiles” (canción que parece tan inocente  y nada comparable con el contenido de canciones de géneros musicales como el reggaeton) ¿cómo esperamos que al momento de ser víctimas denuncien las situaciones y personas que vulneran sus derechos? Las mujeres, las niñas son programadas para callar, por otro lado a los adultos les venden la idea de que el placer sexual  se encuentra en situaciones infantiles erotizadas.

Leo detenidamente la letra de la canción y me pregunto ¿de que sirven tantos instrumentos jurídicos e instituciones para proteger y restaurar derechos de las personas y grupos vulnerables en general, si es que nosotros mismos apoyamos el ciclo de la violencia? Hay cosas que los abogados y profesionales del derecho no pueden cambiar, no digo que las leyes no sean necesarias, las normas, la reglamentación de la vida en sociedad es esencial para la convivencia humana, pero pensar que son el abogado, el juez, el fiscal, la policía quienes van a eliminar la violencia es creer en cucos.

Inevitablemente surgen más preguntas que respuestas, quienes y como construimos y mantenemos la violencia estructural, que hacer para contrarrestarla, desde que flanco actuar; si yo me decidí por la educación, ¿cómo les explico a las niñas que no deben cantar esa canción? Si soy la única a la que le alarma este juego, con qué legitimidad  no permito jugar la “mermelada de cereza”? (Aquí me veo como solo una adulta enfrentándose al universo de niños, como David y Goliat). ¿A qué jugamos?